CONFESIONES DE INVIERNO
- Insurrecta Revista

- 24 jun 2020
- 3 Min. de lectura
*por Augusto Misch. Afuera está lloviendo, llueve un montón. Las copas de los árboles bailan al ritmo de un viento vertiginoso. Los ventanales empañados reflejan la diferencia de temperatura que hay entre este hogar y el afuera. En la televisión hay dos señores de traje y barbijo diciendo boludeces. El lado positivo de la tecnología es que con un botón los puedo callar, y eso me resulta maravilloso. Intento chequear los diarios digitales, que además de noticias, tienen en sus portadas un exclusivo cuenta-muertos que se acrecienta día tras día.
Voy a cenar unos fideos con tuco y mientras revuelvo la salsa me acuerdo de mis compañeres que están cocinando para las personas en situación de calle. Las ramas se siguen sacudiendo, esta vez al ritmo de mis pensamientos. Parece que hoy hay un comensal más, el desánimo.
El invierno se acerca anunciaba Ned Stark. Y con esto nos decía que además de ser una eventualidad climatológica es un desafío social. Porque al otro lado del vidrio hay dos virus que crecen a la par del frío. El primero es el que tiene corona y lo combatimos con tapabocas y alcohol en gel. El segundo es más raro, no tiene datos ni vacunas, y es el virus del egoísmo.
Es difícil encontrar un protocolo contra el egoísmo, creo que es por eso que el desánimo me inunda tan fácil. Trato de buscar consuelo mientras hablo con una amiga que cuenta, algo esperanzada, que vamos hacia un nuevo paradigma, que no existen las sociedades Smithianas y que las manos invisibles del mercado no se extienden para levantar al que está sufriendo en el suelo, sino que lo siguen hundiendo. No tengo datos, pero estoy seguro que la curva de los prejuicios y del individualismo creció casi tanto como la curva de los contagios.

Cuando un evento anómalo golpea a una sociedad, la militancia política debe ser la primera en responder. La empatía y la solidaridad de su pueblo son las únicas herramientas viables, porque el ejercicio de estas fortalece, aun en medio del dolor, los vínculos colectivos y el sentido de hermandad.
No se trata de salir al barro de inmediato a prometer soluciones que no sabemos si existen. Primero debemos conectar con la necesidad y el dolor ajeno desde el propio para poder así tejer una red que sirva de soporte ante el colosal cambio al cual se vieron afectadas sus vidas. La empatía no cambia realidades, pero entiendo que hace el camino más liviano.
La construcción de este nuevo paradigma, como le gusta decir a mi amiga y a un montón de todólogos televisivos, necesita centrarse en la condición humana. En la creencia de que lo más esencial que tenemos las personas, son las otras personas. Debemos iniciar un camino donde haya una resignificación de los valores que estructuran la vida cotidiana y donde el amor, además de ser una expresión del sentimiento, tenga una centralidad excluyente en las organizaciones políticas. A partir de la dimensión afectiva es donde podemos darle forma a un futuro con mayor solidaridad, organización y compromiso militante por el interés público.
Ya entre risas le comento a mi amiga que tengo que cortar la llamada porque un compañero está por salir al aire en televisión. La realidad es que el programa mucho no me gusta pero bueno, hay que bancar viste.
Finalmente ceno solo, el desánimo se fue de la mano con la lluvia y los fideos ya tienen otro gusto. Gusto a que se vienen tiempos mejores.
Vamos a humanizar lo colectivo, y para eso, además de militancia, se necesita amor.




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