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REBELDÍA PARA UN ESTADO SOLIDARIO

  • Foto del escritor: Insurrecta Revista
    Insurrecta Revista
  • 15 jun 2020
  • 2 Min. de lectura

*Por Matias Rosingana.


La pandemia COVID-19 ha transformado todos los aspectos de la vida cotidiana, desde la modalidad del teletrabajo hasta las formas de interacción con el otro. Es allí donde empiezan a aparecer conceptos que nos llevan a reflexionar sobre pueblos más equilibrados y solidarios.

Parece ser que al final el virus fue el caballo de Troya para que discutamos cosas obvias que estaban siendo ignoradas. El individualismo constante en el que estamos sumergidos es el producto de Estados regidos por el neoliberalismo, donde las únicas demandas validas son las que pueda responder el mercado.

Estado solidario es tanto un concepto político como económico. Si le damos voz al virus, podemos coincidir en que vivimos en sociedades extremadamente vulnerables, tanto en cuestiones de salud como de capacidad productiva y que los países que mejor afrontaron la pandemia y su salida son donde el Estado se puso al servicio de la gente y no como mero regulador de las necesidades administrativas del mercado.

La supuesta normalidad y el “mundo que conocíamos” ya estaba en crisis antes del COVID-19. Podemos hacer un repaso de los conflictos mundiales, desde las marchas en Francia, las manifestaciones en Chile y en Brasil hasta las últimas revueltas en los Estados Unidos. Más allá de la diversidad en los reclamos, en todas había cierta percepción de no encontrar alternativa a la realidad que nos sobrepasa.


Para poder ilusionarnos con una expectativa de cambios hay que tener en cuenta varias aristas. Una de ellas es entender que hay una fuerza muy desigual entre las fuerzas políticas, económicas y sociales respecto a la toma de decisiones. Otra, no menor, es la capacidad de comunicar en un mundo híper globalizado.

En Argentina y en otras partes del mundo podemos observar cómo se han intercambiado los roles, el discurso provocativo y que cruza la moral ha sido tomado por los sectores más reaccionarios y conservadores, una actitud que les hizo ganar terreno y volumen político poniendo así en un encierro a los sectores progresistas que se limitaron a resistir desde las defensas de las políticas públicas tomadas en la última década.

Si el destino son sociedades más solidarias y equitativas, la rebeldía debe ser el camino. Para ello la militancia política y social deberá tener un rol protagónico y así poder presionar e incidir en un cambio de paradigma. Donde el Estado tome forma humanitaria, se haga de carne y hueso y obligue al mercado a tener concesiones para achicar la brecha de la desigualdad.

Sin dudas la mejor manera de abordar las crisis es transformarlas en oportunidades. Es por ello que como militantes políticos debemos volver a tomar la bandera de la rebeldía como eje estructurador. La rebeldía como concepto de agenda propositiva y de compromiso político para reconstruir el tejido social para un futuro esperanzador.

La militancia es transformación, y tenemos que asumirlo.

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