LA NORMALIDAD ES UN SUICIDIO COLECTIVO
- Insurrecta Revista

- 4 jun 2020
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Cuánto se ha escrito en la literatura económica sobre los famosos “cisnes negros”, esos eventos inesperados que modifican el curso de los hechos sin que nadie lo haya podido calcular. Suele ser una metáfora que tiende a esconder lo contingente de los actos humanos todos, sin importar si quien los estudia lleva un título en Sociología, Antropología, Filosofía... o Economía, también, claro. Así, economistas vulgares[1] mistifican su disciplina, vistiendo con ropajes de ciencia dura su esquelético cuerpo de ciencia social, tan expuesta como todas a las mismas incertidumbres.
El fin de la historia fue la mentira mejor contada de todas, y el progreso infinito de la humanidad ajeno al conflicto, a la política, a las ideologías, bajo el manto de la técnica y la buena administración como experiencia social duró menos que lo que tarda una persona en abandonar la adolescencia. Si alguna duda quedaba, luego de los progresismos latinoamericanos, la primavera árabe, el fundamentalismo islámico, el neofascismo europeo y norteamericano, así como los nuevos partidos que rompieron los bipartidismos de los países desarrollados, llegó el nuevo coronavirus Covid-19, que rápidamente se convirtió en pandemia, un concepto que a la mayoría de nosotres se nos hacía propio de la ciencia ficción. Sí, la historia está de vuelta.
Pero el viejo mundo se resiste a morir. Moribundes pero persistentes, sus representantes se agolpan desde donde pueden para gritar a viva voz por la supervivencia de un mundo que ya no existía antes de la Cuarentena (a.C.) pero que hoy es imposible. El movimiento anticuarentena, tan razonable como su hermano, el movimiento antivacunas, intentó instalar un dilema que no era tal: salud vs economía. Y no lo era por dos motivos. El primero es que la economía sirve a la salud. Queremos desarrollo (que no es lo mismo que crecimiento) porque es mejor calidad de vida. Nunca pueden estar enfrentados. El segundo es que evitar la cuarentena no garantiza mejores rendimientos económicos, como demostraron todos los países que flexibilizaron las medidas de aislamiento social. En una economía global, un problema global, afecta de manera similar a todos los países.
Salud y Economía deberían, aunque no siempre pase, llevarse bien. Y si bien no era un dilema, este contexto tan peculiar convierte ese maridaje en una maniobra de pinzas. Imaginen una pinza que atenaza un objeto desde ambos lados, impidiendo ir para cualquiera de los dos, obligando a la inmovilidad. De un lado, la cuarentena. Evitarla es catástrofe humanitaria, colapso sanitario, muertes que se cuentan por decenas de miles. La gente muriendo en su casa, fosas comunes. El espanto. Del otro, la economía. Locales cerrados, caída de la actividad, pérdida de puestos laborales ¿cómo salir de acá?
Por más fuerte que pataleen, el movimiento anticuarentena chocó con la dureza de la realidad por un lado (la economía se derrumba en todo el globo) y la dureza de las encuestas por el otro, que solidificaron a los oficialismos provinciales de Ushuaia a la Quiaca. Se trata de un gran éxito sanitario, que frenó en seco la propagación del virus y dio tiempo de preparación al sistema de salud, a la vez que evitó muertes. Pero también, un gran éxito político, que crece en la medida que los países que tomaron otro rumbo y quizás en un principio mostraron resultados alentadores comienzan a hundirse en el colapso.
Ante la maniobra de pinzas, nuestro gobierno decidió inclinarse por la salud, en lo que fue seguramente una decisión razonable. Logró contener al virus, con cifras de las más bajas del mundo en cantidad de muertos por millón de habitantes. Se apuró, además, en disponer medidas de contención social para los sectores informales de la economía y apoyo económico para las empresas. Más rápido para anunciar que para implementar (la IFE fue anunciada en los primeros días del aislamiento y empezó a pagarse en el día 50 de cuarentena), no caben dudas que se priorizó la salud sin descuidar –dentro de lo posible- la economía. Así, logró sostener el aislamiento total y la unidad política del país, una considerable paz social y en gran medida, apoyo popular.

Sabemos que la cuarentena no puede durar toda la vida. No podemos esperar que se muera el Covid para salir a la calle. Sabemos que mientras haya virus y no exista vacuna, tendremos que estar distanciades. El virus no se va a morir mañana y vamos a tener que adaptar la economía a estas nuevas circunstancias. Hay que apelar a la responsabilidad individual, a la organización social (protocolos) y el control estatal. Dos meses después de la cuarentena (d.C.), sin perjuicio de lo dicho antes, el virus sigue entre nosotres. Wuhan estuvo 77 días en estricto aislamiento, y el bichito circuló menos, pero tras la apertura, volvió a aparecer. Debemos aprender a convivir con él, aprender a sobrevivir, porque la economía no puede paralizarse eternamente y las vidas no pueden rifarse. Hasta la vacuna, la economía no será la que conocíamos.
Entonces, salud y economía no eran un dilema, pero ojo, puede aumentarse la capacidad de maniobra dentro de las dos puntas de la pinza. Para eso, hay que estar dispuestes a abandonar el viejo mundo. Volver a la normalidad tal cual la conocimos pareciera ser un disparate. Con el virus circulando volver a amontonar gente es un genocidio. Y el virus va a circular hasta que haya vacuna, lo que puede demorar mucho. Hay que aprender a vivir con él, lo que implica un mayor rol del Estado. Como dijo el gobernador Kicillof, la normalidad es un suicidio colectivo. Vivir con el virus significa que el mundo que conocíamos no existe y las circunstancias obligan a aumentar el rol del Estado, revalorizar la solidaridad como lazo social. Se nos abre la oportunidad, de una vez y para siempre, para dar por finalizada la etapa de la financiarización de la economía, el mercado como único asignador de recursos legítimo y la primacía de las grandes corporaciones sobre la democracia.
Vamos de a poco. Desde el experimento neoliberal en la Chile pinochetista, el mundo –incluso el desarrollado- abrazó lo que se conoce como ortodoxia a nivel global. Esto significa muchas cosas, pero primero lo primero. Hubo ganadores en este mundo: las finanzas. Buena parte de las utilidades de las empresas no se reinvierten en la producción sino en activos financieros, lo cual no es ilegítimo –siempre y cuando no se traten de jugadas especulativas que ponen en jaque la soberanía de los Estados- pero es injusto: las penas son de nosotres, y las vaquitas son ajenas, decía Atahualpa. El problema es que a menudo además de injusto también es ilegítimo. Este modelo ha aumentado la desigualdad, ergo la pobreza, pero también ha generado menos riqueza. La tasa de crecimiento de los últimos 35 años es menor que la de los 35 años anterior. Ni chicha ni limonada.
En paralelo, la caída del Muro de Berlín se llevó entre los escombros el rol del Estado. De repente asistimos a un mundo donde el único mecanismo legítimo para asignar recursos es el mercado. Y esto es un problema. Supongamos una sociedad que produce una serie de bienes y de repente se pregunta qué hacer con ese stock. Intuitivamente hoy diríamos: venderlo. Pero no es la única manera ni la ha sido en toda la historia. Sí ha demostrado ser el más eficiente para responder a las preferencias subjetivas de cada une. Si a mí me calienta tener un buzo que me llegue a los tobillos, y hay la suficiente cantidad de gente para que una a empresa le sea rentable producirlos, ese buzo va a existir. El mecanismo de mercado nos soluciona dos problemas: la rentabilidad empresaria y las preferencias. Pero el problema es que hay muchos pájaros dado vuelta. Supongamos ahora que la preferencia de la gente es no comprar nada (por miedo a una crisis o lo que fuera). Nadie produce y nos quedamos sin trabajo. Supongamos que aparece un virus del que nada sabemos y mata a la gente. Las personas se aíslan en sus casas y nadie produce. Se rompe el mecanismo de mercado. No es infalible y además tiene sus efectos colaterales: desigualad, extrema concentración de la riqueza y disfuncionalidad absoluta en aquellos bienes y servicios que no son rentables (pero sí necesarios, como salud y educación, para todes, entre otros).
Contra todo pronóstico oficial, con la retirada estatal que dejó libre el camino para el mercado las tasas de crecimiento fueron más bien pobres y en algunos países, sobre todo del mundo dependiente, los resultados fueron más negativos que positivos. Pero quienes salieron triunfantes acrecentaron tanto su poder que hoy son más importantes que muchos Estados. No es que haya personas que tengan más plata que algunos países. La tienen. Sino que además la intervención estatal ha menguado, la mercantilización de la información ha puesto el sentido común a su servicio y el poder político ha dejado de ser un contrapeso en la mesa donde se sientan los grandes poderes para convertirse en un mero administrador del status quo. Un “totalitarismo invertido” como dice Sheldon Wolin, o un “pueblo sin atributos” como dice Wendy Brown.
Si ya teníamos muchos argumentos para impugnar este mundo hoy podemos decirlo a viva voz: este mundo ya no funciona. Cuando el mercado no existe porque la gente no concurre a él, o lo hace en menor cuantía, porque tiene que quedarse en la casa, cuando los escasos recursos que tenemos no pueden ni deben volcarse a la especulación financiera y sí a la producción, o el Estado debe asumir enormes esfuerzos para garantizar el funcionamiento de la sociedad es porque el mundo que conocíamos cambió. Gramsci decía que cuando lo viejo no terminaba de morir y lo nuevo no terminaba de nacer aparecían los monstruos. Hay que apurar el parto de lo nuevo porque no podemos permitirnos que del espanto sanitario del coronavirus nazca un espanto político de un neofascismo.
El contexto revaloriza el rol del Estado, legitima la solidaridad como lazo social predominante, pone en el centro de la escena al ser humano, por encima de todo. Incluso, también, por encima del capital. Del espanto debemos construir una ética humanista que discuta la forma en la que vivimos. Si en momentos de emergencia priorizamos la vida sobre la plata, y volcamos hacia el Estado la esperanza de que guíe las acciones para garantizar el bien común, la pregunta es ¿por qué esto tiene que tener carácter de excepcionalidad?
No sólo hay que poner al Estado como el responsable de distribuir el ingreso. Está claro, hay que hacerlo. Cuando los mecanismos de mercado fallan y necesitan del Estado para no tener una crisis de oferta fenomenal (nadie produce) o de demanda (nadie compra) debemos decir: Sí. Lo vamos a hacer ahora. Pero lo vamos a hacer siempre. No hablamos de estatizar todo el aparato productivo. La historia demostró que sin algún tipo de mecanismo de mercado las economías tienen problemas. Pero se terminó el tiempo del Dios Mercado. Ya no vamos a poner a toda la sociedad a trabajar en función del capital. Vamos a poner a toda la sociedad, incluido el capital, a trabajar por el bienestar de la humanidad.
Es tiempo de impuesto a las grandes riquezas, pero es tiempo también de mirar más allá y correr la frontera de lo posible. De ingresos universales y participación del Estado en las empresas. De la vida sobre la economía. De repensar los modos de trabajo, las jornadas laborales. Es el momento de pensar un mundo donde la economía esté al servicio de las personas, sea amigable con el medio ambiente y tengamos una salida comunitaria de la crisis. Si en tiempos de pandemia entendemos que nadie se salva sole, que cuidar al otre es cuidarse a uno mismo. Que no se corte. Si entendemos que en momentos de emergencia el Estado tiene que hacer esfuerzo para rescatar empresas entendamos en el futuro que hay sectores de la población que necesitan ser rescatados porque no hace falta una pandemia para que vivan en emergencia. Que no-se-corte.
Pareciera en Argentina que sólo la derecha se radicaliza. Quizás como grito de agonía. Quizás no sea radicalizarnos lo que la sociedad necesite, pero quizás hoy resulte razonable lo que incluso ayer parecía radical. De todos modos, las utopías sirven para eso ¿no? Sirven para caminar.
[1] De esa manera se refería Karl Marx en relación a economistas que negaban el carácter social de la economía escondiendo su costado político, inmerso en la lucha de clases.




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