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Ni la bengala ni el rocanrol. Cromañón, la herida de una generación.

  • Foto del escritor: Insurrecta Revista
    Insurrecta Revista
  • 30 dic 2019
  • 5 Min. de lectura

El 30 de diciembre de 2004 marcó la historia argentina para siempre. Pero sobre todo marcó a una generación a fuego. Recuerdo todavía de forma muy presente la mañana del día siguiente, cuando a mis 13 años prendía la tele y veía que muches chiques, de edades similares a las mías, eran apilades en la vereda del barrio porteño de Once, donde yacían ya sin vida. Un incendio en un local bailable, donde la banda Callejeros cerraba el mejor año de su corta historia musical, terminó asfixiando por el uso indebido de una media sombra en el techo al público presente.


El saldo trágico de aquella noche fue de 194 víctimas fatales. El promedio de edad era de 22 años. Luisana Aylen Ledesma, la más chica: apenas 10 meses de vida. El mayor, Osvaldo Djerfy, tenía 66 años y era el tío del guitarrista de la banda. Entre les fallecides, se calcula que aproximadamente 1 de cada 5 eran familares o amigues de los integrantes de grupo musical. Casi 20 sobrevivientes se suman a la lista, habiéndose quitado la vida en los años posteriores. Padres y madres de las víctimas fatales también deterioraron su salud, enfermaron e incluso murieron. Fue la tragedia no natural más importante de toda nuestra historia.


A mis 13 años yo ya escuchaba Callejeros. Como muches de mi generación, y sobre todo de las barriadas porteñas y del conurbano, el "rock chabón" o barrial nos había abrazado con sus letras sencillas, comprometidas, pero que fundamentalmente nos interpelaban porque contaban las situaciones que nos tocaba vivir cotidianamente en nuestros barrios. Una identidad entre quienes desde arriba del escenario hacían su música y quienes desde el llano la disfrutábamos. Sin dudas, el público de estos grupos provenía mayormente de los sectores populares, y de una clase media golpeada por la crisis y el neoliberalismo.


Todos los 30 de diciembre que siguieron a esa fatídica noche marché o me concentré en el Obelisco porteño. La canción más emblemática de esas movilizaciones, que se cantó desde el primer aniversario y fue coreada en las que siguieron pero también en recitales rezaba "ni una bengala, ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción". Cromañón no fue un accidente. No fue una fatalidad. No fue el error individual de un adolescente que prendió una bengala en un lugar donde no debía. Cromañón fue el lugar que el neoliberalismo le dio a la juventud.


Años de precarización de la clase trabajadora, y como siempre, más aún de la juventud, dejaron una sociedad diezmada, empobrecida. La destrucción del rol del Estado como interventor de la economía no sólo dejó más pobreza y desocupación, menos empresas y un aparato productivo paralizado. Dejó también un entramado corrupto de funcionarios y empresarios, inspecciones y regulaciones flexibles. Si el mejor lugar para la juventud es la política, como muches creemos, el lugar que el neoliberalismo dejó para nosotres fue el rock. El rock como bandera, como interpelador de nuestras sensibilidades, como refugio ante la falta de espacios comunitarios. Pero también el rock como locales bailables mal habilitados, con ingresos por escalera, oscuros, inseguros, precarios.


La daga impresa de los medios de comunicación fue expeditiva para la condena. Que la cultura del aguante, las bengalas, la falsa "guardería" en el baño, la irresponsabilidad de quienes concurrían con niñes. La banda y el público, en el centro de la escena. No vamos a discutir acá si Callejeros es culpable o no. Amerita otra nota, pero además la Justicia habló, y cuando lo hizo, tampoco fue homogénea su opinión. Sus miembros ya cumplieron la condena en la cárcel, no es lo que nos interesa. Ya se narraron las historias de cómo entraron a rescatar gente, de cómo perdieron seres querides.


Lejos de las miradas condenatorias y reivindicativas, acá importa otra cosa. Luego de una larga década neoliberal que condenó a la juventud a la precariedad, donde el Estado no sólo los llevó a la marginalidad primero y le quitó las protecciones después, los medios de comunicación, en su cómplice condición de voceros de los poderes económicos concentrados, eligieron poner al eslabón más débil de la cadena al frente de las responsabilidades. Porque el pibe que tiró la bengala, o la banda, podrán tener su rol, pero no quedan dudas que además de víctimas, son apenas un eslabón pequeño en una sumatoria de conductas donde quienes debían protegerlos no lo hicieron.



Patricio Santos Fontanet, cantante de Callejeros, pasó casi 5 años en la cárcel. Luego de Omar Chabán (administrador de República de Cromañón) y Diego Argañaráz (representante de Callejeros) fue quien más tiempo pasó entre las rejas. Sin contar, claro, al baterista de la banda que está preso por un femicidio. La funcionaria responsable de la habilitación de Cromañón con sus salidas de emergencias y ventilaciones tapadas, con una media sombra tóxica en el techo, recibió una pena excarcelable, y no pasó ni un día en la cárcel. Difícil sostener que una de las principales responsables de que un local en esas condiciones estuviera abierto no haya pasado ni un solo día en la cárcel aún cuando durante el juicio se comprobó que recibió coimas para hacerlo.


Pero peor es el caso de Rafal Levy. Empresario, dueño del local donde funcionaba Cromañón, pero también de otras propiedades en la misma manzana, es señalado como uno de los principales responsables de que las ventilaciones y salidas de emergencia se encontraran bloqueadas, debido a que comunicaban con el hotel lindero, también de su propiedad. Recibió una pena de apenas 4 años y medio, que no cumplió ya que fue beneficiado con la libertad condicional. Es más, el predio donde estaba Cromañón le fue restituido a través de una offshore, pese a las protestas de familiares y sobrevivientes que exigen sea expropiado.


Hubo un Estado que durante una década envió a la juventud hacia la precariedad. Luego de hacerles vulnerables, le quitó las protecciones. Cuando el combo explosivo de precariedad y falta de control finalmente explotó cobrándose la vida de 194 pibes con edad promedio de 22 años, aparecieron los medios de comunicación para explicarnos que todo era culpa de esa misma juventud por sus malos modales. Una vez borrado del inconsciente colectivo el lugar que le tocaba a los empresarios y al Estado en todo esto, la Justicia hizo lo suyo.


Cromañón nos pasó a todes porque fue el colapso de un modelo de exclusión que nos condenó a les jóvenes a morir asfixiados justo al mismo tiempo que la sociedad empezaba a salir de la pesadilla. El último respiro de un sistema enfermo que creíamos enterrado para siempre y tuvimos que volver a sufrir estos últimos cuatro años. Nunca Más Cromañón será posible si tenemos justicia por nuestres pibes pero también si Nunca Más permitimos las condiciones que lo hicieron posible, si dejamos de convertir a las víctimas en victimarios y construimos un modelo de sociedad donde no sobre nadie, y donde los medios de comunicación dejen de hacer invisibles a esas sobras. Invisibles, el nombre con el cual se autoproclamó el público de Callejeros. Nuestra juventud, nuestras barriadas, nuestros sectores populares asesinados por el neoliberalismo.

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© 2019 Revista Insurrecta | Buenos Aires, Argentina

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